
El pasado domingo dejó algo más que el aroma vivo de las gachamigas:
dejó un latido compartido.
En cada mesa, en cada gesto sencillo, se fue tejiendo una intimidad tranquila, como si el día quisiera regalarnos una pausa donde reconocernos unos a otros.
No fue solo una mañana de harina, fuego y tradición.
Fue una mañana de familia —esa familia que se elige al reunirse, que se construye con risas, con manos que ayudan, con historias que se cruzan sin prisa.
Quienes vinieron no solo cocinaron; crearon un espacio donde esta casa volvió a sentirse hogar.
Y esa es, quizá, la mejor receta que nos llevamos del domingo:
la certeza de que, cuando nos encontramos, algo profundo y luminoso vuelve a nacer entre nosotros.
Agradecemos profundamente la alta participación, que convirtió la jornada en un encuentro vibrante y generoso. Y extendemos un reconocimiento sincero a todas las empresas colaboradoras que, durante estos cinco años, han sostenido y fortalecido este gran concurso, manteniendo viva una 𝐭𝐫𝐚𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 que nos une y nos celebra.


